viernes, 6 de mayo de 2011

PABLO NERUDA


Pablo Neruda
(1904-1973)
Neftalí Ricardo Reyes Basoalto (quien escribiría posteriormente con
el seudónimo de Pablo Neruda) nació en Parral el año 1904, hijo de
don José del Carmen Reyes Morales, obrero ferroviario y doña Rosa
Basoalto Opazo, maestra de escuela, fallecida poco años después del
nacimiento del poeta.

En 1906 la familia se traslada a Temuco donde su padre se casa con
Trinidad Candia Marverde, a quién el poeta menciona en diversos
textos como Confieso que he vivido y Memorial de Isla Negra con
el nombre de Mamadre. Realiza sus estudios en el Liceo de Hombres
de esta ciudad, donde también publica sus primeros poemas en el
periódico regional La Mañana. En 1919 obtiene el tercer premio en
los Juegos Florales de Maule con su poema Nocturno ideal.

En 1921 se radica en Santiago y estudia pedagogía en francés en
la Universidad de Chile, donde obtiene el primer premio de la fiesta
de la primavera con el poema La canción de fiesta, publicado
posteriormente en la revista Juventud. En 1923, publica Crepusculario,
que es reconocido por escritores como Alone, Raúl Silva Castro y Pedro
Prado. Al año siguiente aparece en Editorial Nascimento sus Veinte
poemas de amor y una canción desesperada, en el que todavía se nota
una influencia del modernismo. Posteriormente se manifiesta un
propósito de renovación formal de intención vanguardista en tres
breves libros publicados en 1926: El habitante y su esperanza ;
Anillos (en colaboración con Tomás Lagos) y Tentativa del hombre
infinito.

En 1927 comienza su larga carrera diplomática cuando es nombrado
cónsul en Rangún, Birmania. En sus múltiples viajes conoce en Buenos
Aires a Federico García Lorca y en Barcelona a Rafael Alberti.
En 1935, Manuel Altolaguirre le entrega la dirección a Neruda de
la revista Caballo verde para la poesía en la cual es compañero de
los poetas de la generación del 27. Ese mismo año aparece la edición
madrileña de Residencia en la tierra.

En 1936 al estallar la guerra civil española, muere García Lorca,
Neruda es destituido de su cargo consular, y escribe España en el
corazón.

En 1945 obtiene el premio Nacional de Literatura.

En 1950 publica Canto General, texto en que su poesía adopta una
intención social, ética y política. En 1952 publica Los versos del
capitán y en 1954 Las uvas y el viento y Odas elementales. En 1958
aparece Estravagario con un nuevo cambio en su poesía. En 1965 se
le otorga el título de doctor honoris causa en la Universidad de
Oxford , Gran Bretaña. En octubre de 1971 recibe el Premio Nobel
de Literatura.

Muere en Santiago el 23 de septiembre de 1973 . Póstumamente se
publicaron sus memorias en 1974, con el título Confieso que he vivido.


MUJER, NADA ME HAS DADO
Nada me has dado y para ti mi vida
deshoja su rosal de desconsuelo,
porque ves estas cosas que yo miro,
las mismas tierras y los mismos cielos,

porque la red de nervios y de venas
que sostiene tu ser y tu belleza
se debe estremecer al beso puro
del sol, del misino sol que a m� me besa.

Mujer, nada me has dado y sin embargo
a trav�s de tu ser siento las cosas:
estoy alegre de mirar la tierra
en que tu coraz�n tiembla y reposa.

Me limitan en vano mis sentidos
-dulces flores que se abren en el viento-
porque adivino el p�jaro que pasa
y que moj� de azul tu sentimiento.

Y sin embargo no me has dado nada,
no se florecen para m� tus a�os,
la cascada de cobre de tu risa
no apagar� la sed de mis reba�os.

Hostia que no prob� tu boca fina,
amador del amado que te llame,
saldr� al camino con mi amor al brazo
como un vaso de miel para el que ames.

Ya ves, noche estrellada, canto y copa
en que bebes el agua que yo bebo,
vivo en tu vida, vives en mi vida,
nada me has dado y todo te lo debo.


TANGO DEL VIUDO
Oh Maligna, ya habr�s hallado la carta, ya habr�s llorado de furia,
y habr�s insultado el recuerdo de mi madre
llam�ndola pena podrida y madre de perros,
ya habr�s bebido sola, solitaria, el t� del atardecer
mirando mis viejos zapatos vac�os para siempre,
y ya no podr�s recordar, mis enfermedades, mis sue�os nocturnos, mis comidas
sin maldecirme en voz alta como si estuviera all� a�n,
quej�ndome del tr�pico, de los coolies coringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto da�o
y de los espantosos ingleses que odio todav�a.

Maligna, la verdad, qu� noche tan grande, qu� tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fr�a, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitaci�n, ni retratos de nadie en las paredes.
Cu�nta sombra de la que hay en mi alma dar�a por recobrarte,
y qu� amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qu� sonido de tambor l�gubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallar�s m�s tarde
el cuchillo que escond� all� por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas ra�ces,
de los lenguajes humanos el pobre s�lo sabr�a tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.

As� como me aflige pensar en el claro d�a de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el coraz�n,
as� tambi�n veo las muertes que est�n entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Dar�a este viento del mar gigante por tu brusca respiraci�n
o�da en largas noches sin mezcla de olvido,
uni�ndose a la atm�sfera como el l�tigo a la piel del caballo.
Y por o�rte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, tr�mula, argentina, obstinada,
cu�ntas veces entregar�a este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espadas in�tiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que est� solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extra�amente inseparables y perdidas.



WALKING AROUND
Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrer�as y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquer�as me hace llorar a gritos.
S�lo quiero un descanso de piedras o de lana,
s�lo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercader�as, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis u�as
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo ser�a delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Ser�a bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de fr�o.

No quiero seguir siendo ra�z en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sue�o,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada d�a.

No quiero para m� tantas desgracias.
No quiero continuar de ra�z y de tumba,
de subterr�neo solo, de bodega con muertos,
aterido, muri�ndome de pena.

Por eso el d�a lunes arde como el petr�leo
cuando me ve llegar con mi cara de c�rcel,
y a�lla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas h�medas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapater�as con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay p�jaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de verg�enza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas l�grimas sucias.


DESESPEDIENTE
La paloma est� llena de papeles ca�dos,
su pecho est� manchado por gomas y semanas,
por secantes m�s blancos que un cad�ver
y tintas asustadas de su color siniestro.

Ven conmigo a la sombra de las administraciones,
al d�bil, delicado color p�lido de los jefes,
a los t�neles profundos como calendarios,
a la doliente rueda de mil p�ginas.

Examinemos ahora los t�tulos y las condiciones,
las actas especiales, los desvelos,
las demandas con sus dientes de oto�o nauseabundo,
la furia de cenicientos destinos y tristes decisiones.

Es un relato de huesos heridos,
amargas circunstancias e interminables trajes,
y medias repentinamente serias.
Es la noche profunda, la cabeza sin venas
de donde cae el d�a de repente
como de una botella rota por un rel�mpago.

Son los pies y los relojes y los dedos
y una locomotora de jab�n moribundo,
y un agrio cielo de metal mojado,
y un amarillo r�o de sonrisas.

Todo llega a la punta de los dedos como flores,
a u�as como rel�mpagos, a sillones marchitos,
todo llega a la tinta de la muerte
y a la boca violeta, de los timbres.

Lloremos la defunci�n de la tierra y el fuego,
las espadas, las uvas,
los sexos con sus duros dominios de ra�ces,
las naves del alcohol navegando entre naves
y el perfume que baila de noche, de rodillas,
arrastrando un planeta de rosas perforadas.

Con un traje de perro y una mancha en la frente
caigamos a la profundidad de los papeles,
a la ira de las palabras encadenadas,
a manifestaciones tenazmente difuntas,
a sistemas envueltos en amarillas hojas.

Rodad conmigo a las oficinas, al incierto
olor de ministerios, y tumbas, y estampillas.
Venid conmigo al d�a blanco que se muere
dando gritos de novia asesinada.
ME PEINA EL VIENTO LOS CABELLOS
Me peina el viento los cabellos
como una mano maternal:
abro la puerta del recuerdo
y el pensamiento se me va.

Son otras voces las que llevo,
es de otros labios mi cantar:
hasta mi gruta de recuerdos
tiene una extra�a claridad!

Frutos de tierras extranjeras,
olas azules de otro mar,
amores de otros hombres, penas
que no me atrevo a recordar.

Y el viento, el viento que me peina
como una mano maternal!

Mi verdad se pierde en la noche:
no tengo noche ni verdad!

Tendido en medio del camino
deben pisarme para andar.

Pasan por m� sus corazones
ebrios de vino y de so�ar.

Yo soy un puente inm�vil entre
tu coraz�n y la eternidad.

Si me muriera de repente
no dejar�a de cantar!




SAUDADE

Saudade -Qu� ser�?... yo no s�... lo he buscado
en unos diccionarios empolvados y antiguos
y en otros libros que no me han dado el significado
de esta dulce palabra de perfiles ambiguos.

Dicen que azules son las monta�as como ella,
que en ella se oscurecen los amores lejanos,
y un noble y buen amigo m�o (y de las estrellas)
la nombra en un temblor de trenzas y de manos.

Y hoy en Eca de Queiroz sin mirar la adivino,
su secreto se evade, su dulzura me obsede
como una mariposa de cuerpo extra�o y fino
siempre lejos -tan lejos!- de mis tranquilas redes.

Saudade... Oiga, vecino, sabe el significado
de esta palabra blanca que como un pez se evade?
No... Y me tiembla en la boca su temblor delicado.
Saudade...





HOY, QUE ES EL CUMPLEA�OS DE MI HERMANA
Hoy, que es el cumplea�os de mi hermana, no tengo
nada que darle, nada. No tengo nada, hermana.
Todo lo que poseo siempre lo llevo lejos.
A veces hasta mi alma me parece lejana.

Pobre corri� una hoja amarilla de oto�o
y cantor como un hilo de agua sobre una huerta:
los dolores, t� sabes c�mo me caen todos
como al camino caen todas las hojas muertas.

Mis alegr�as nunca las sabr�s, hermanita,
y mi dolor es �se, no te las puedo dar:
vinieron como p�jaros a posarse en mi vida,
una palabra dura las har�a volar.

Pienso que tambi�n ellas me dejar�n un d�a,
que me quedar� solo, como nunca lo estuve.
T� lo sabes, hermana, la soledad me lleva
hacia el fin de la tierra como el viento a las nubes!

Pero para qu� es esto de pensamientos tristes!
A ti menos que a nadie debe afligir mi voz!
Despu�s de todo nada de esto que digo existe...
No vayas a cont�rselo a mi madre, por Dios!

Uno no sabe c�mo va hilvanando mentiras,
y uno dice por ellas, y ellas hablan por uno.
Piensa que tengo el alma toda llena de risas,
y no te enga�ar�s, hermana, te lo juro.



TENGO MIEDO
Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi coraz�n un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.

Tengo miedo. Y me siento tan cansado y peque�o
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sue�o
as� como en el cielo no ha cabido una estrella.)

Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay o�do en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!

Se muere el universo, de una calma agon�a
sin la fiesta del sol o el crep�sculo verde.
Agoniza Saturno como una pena m�a,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.

Y por la vastedad del vac�o van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.

LA MUERTE DE MELISANDA
A la sombra, de los laureles
Melisanda se est� muriendo.

Se morir� su cuerpo leve.
Enterrar�n su dulce cuerpo.

Juntar�n sus manos de nieve.
Dejar�n sus ojos abiertos

para que alumbren a Pelleas
hasta despu�s que se haya muerto.

A la sombra de los laureles
Melisanda muere en silencio.

Por ella llorar� la fuente
un llanto tr�mulo y eterno.

Por ella orar�n los cipreses
arrodillados bajo el viento.

Habr� galope de corceles,
lunarios ladridos de perros.

A la sombra de los laureles
Melisanda se est� muriendo.

Por ella el sol en el Castillo
se apagar� como un enfermo.

Por ella morir� Pelleas
cuando la lleven al entierro.

Por ella vagar� de noche,
moribundo por los senderos.

Por ella pisar� las rosas,
perseguir� las mariposas
y dormir� en los cementerios.

Por ella, por ella, por ella
Pelleas, el pr�ncipe, ha muerto.




POEMA 7
Alma m�a! Alma m�a! Ra�z de mi sed viajera,
gota de luz que espanta los asaltos del mundo.
Flor m�a. Flor de mi alma. Terreno de mis besos.
Campanada de l�grimas. Remolino de arrullos.
Agua viva que escurre su queja entre mis dedos.
Azul y alada como los p�jaros y el humo.
Te pari� mi nostalgia, mi sed, mi ansia, mi espanto.
Y estallaste en mis brazos como en la flor el fruto.

Zona de sombra, l�nea delgada y pensativa.
Enredadera crucificada sobre un muro.
Canci�n, sue�o, destino. Flor m�a, flor de mi alma.
Aletazo de sue�o, mariposa, crep�sculo.

En la alta noche mi alma se tuerce y se destroza.
La castigan los l�tigos del sue�o y la socavan.
Para esta inmensidad ya no hay nada en la tierra.
Ya no hay nada.
Se revuelven las sombras y se derrumba todo.
Caen sobre mis ruinas las vigas de mi alma.

No lucen los luceros acerados y blancos.
Todo se rompe y cae. Todo se borra y pasa,
Es el dolor que a�lla como un loco en un bosque.
Soledad de la noche. Soledad de mi alma.
El grito, el alarido. Ya no hay nada en la tierra!
La furia que amedrenta los cantos y las l�grimas.
S�lo la sombra est�ril partida por mis gritos.
Y la pared del cielo tendida contra mi alma!

Eres. Entonces eres y te buscaba entonces.
Eres labios de beso, fruta de sue�os, todo.
Est�s, eres y te amo! Te llamo y me respondes!
Luminaria de luna sobre los campos solos.
Flor m�a, flor de mi alma, qu� m�s para esta vida!
Tu voz, tu gesto p�lido, tu ternura, tus ojos.
La delgada caricia que te hace arder entera.
Los dos brazos que emergen como juncos de asombro.
Todo tu cuerpo ardido de blancura en el vientre.
Las piernas perezosas. Las rodillas. Los hombros.
La cabellera de alas negras que van volando.
Las ara�as oscuras del pubis en reposo.



DIURNO DOLIENTE
De pasi�n sobrante y sue�os de ceniza
un p�lido palio llevo, un cortejo evidente,
un viento de metal que vive solo,
un sirviente mortal vestido de hambre,
y en lo fresco que baja del �rbol, en la esencia del sol
que su salud de astro implanta en las flores,
cuando a mi piel parecida al oro llega el placer,
t�, fantasma coral con pies de tigre,
t�, ocasi�n funeral, reuni�n �gnea,
acechando la patria en que sobrevivo
con tus lanzas lunares que tiemblan un poco.

Porque la ventana que el mediod�a vac�o atraviesa
tiene un d�a cualquiera mayor aire en sus alas,
el frenes� hincha el traje y el sue�o al sombrero,
una abeja extremada arde sin tregua.
Ahora, qu� imprevisto paso hace crujir los caminos?
Qu� vapor de estaci�n l�gubre, qu� rostro de cristal,
y a�n m�s, qu� sonido de carro viejo con espigas?
Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza,
y el tiempo del amor celestial que pasa volando,
han tenido voz de hu�spedes y espacio en la espera.

De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles,
de hereditarias esperanzas mezcladas con Sombra,
de asistencias desgarradoramente dulces
y d�as de transparente veta y estatua floral,
qu� subsiste en mi t�rmino escaso, en mi d�bil producto?
De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada,
qui�n no es vecino y ausente a la vez?
Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo tengo,
y un arco en mi pecho manifiestamente espera,
y un latido delgado, de agua y tenacidad,
como algo que se quiebra perpetuamente,
atraviesa hasta el fondo mis separaciones,
apaga mi poder y propaga mi duelo.




EL MIEDO
Qu� pas�? Qu� pas�? C�mo pas�?
C�mo pudo pasar? Pero lo cierto
es que pas� y lo claro es que pas�,
se fue, se fue el dolor a no volver:
cay� el error en su terrible embudo,
de all� naci� su juventud de acero.
Y la esperanza levant� sus dedos.
Ay sombr�a bandera que cubri�
la hoz victoriosa, el peso del martillo
con una sola pavorosa efigie!

Yo la vi en m�rmol, en hierro platean,
en la tosca madera del Ural
y sus bigotes eran dos ra�ces,
y la vi en plata, en n�car, en cart�n,
en corcho, en piedra, en cinc, en
alabastro,
en az�car, en piedra, en sal, en jade,
en carb�n, en cemento, en seda, en
barro,
en pl�stico, en arcilla, en hueso, en
oro
de un metro, de diez metros, de cien
metros,
de dos mil�metros en un grano de
arroz,
de mil kil�metros en tela colorada.
Siempre aquellas estatuas estucadas
de bigotudo dios con botas puestas
y aquellos pantalones impecables
que planch� el servilismo realista.
Yo vi a la entrada del hotel, en medio
de la mesa, en la tienda, en la
estaci�n,
en los aeropuertos constelados,
aquella efigie fr�a de un distante:
de un ser que, entre uno y otro
movimiento,
se qued� inm�vil, muerto en la
victoria.
Y aquel muerto reg�a la crueldad
desde su propia estatua innumerable
aquel inm�vil gobern� la vida.


AYER 
Todos los poetas excelsos
se re�an de mi escritura
a causa de la puntuaci�n,
mientras yo me golpeaba el pecho
confesando puntos y comas,
exclamaciones y dos puntos
es decir, incestos y cr�menes
que sepultaban mis palabras
en una Edad Media especial
de catedrales provincianas.

Todos los que nerudearon
comenzaron a valiejarse
y antes del gallo que cant�
se fueron con Perse y con Eliot
y murieron en su piscina.

Mientras tanto yo me enredaba
con mi calendario ancestral
m�s anticuado cada d�a
sin descubrir sino una flor
descubierta por todo el mundo,
sin inventar sino una estrella
seguramente ya apagada,
mientras yo embebido en su brillo,
borracho de sombra y de f�sforo,
segu�a el cielo estupefacto.

La pr�xima vez que regrese
con mi caballo por el tiempo
voy a disponerme a cazar
debidamente agazapado
todo lo que corra o que vuele:
a inspeccionarlo previamente
si est� Inventado o no inventado,
descubierto o no descubierto:
no se escapar� de mi red
ning�n planeta venidero.


RESURRECCIONES 
Si alguna vez vivo otra vez
ser� de la misma manera
porque se puede repetir
mi nacimiento equivocado.
y salir con otra corteza
cantando la misma tonada.

Y por eso, por si sucede,
si por un destino indosr�nico
me veo obligado a nacer,
no quiero ser un elefante,
ni un camello desvencijado,
sino un modesto langostino,
una gota roja del mar.

Quiero hacer en el agua amarga
las mismas equivocaciones:
ser sacudido por la ola
como ya lo fui por el tiempo
y ser devorado por fin
por dentaduras del abismo,
as� como fue mi experiencia
de negros dientes literarios.

Pasear con antenas de cobre
en las antarticas arenas
del litoral que am� y viv�,
deslizar un escalofr�o
entre las algas asustadas,
sobrevivir bajo los peces
escondiendo el caparaz�n
de mi complicada estructura,
as� es como sobreviv�
a las tristezas de la tierra.

POEMA 5

Para que t� me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.
M�s que m�as son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan as� por las paredes h�medas.
Eres t� la culpable de este juego sangriento.

Ellas est�n huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas t�, todo lo llenas.

Antes que t� poblaron la soledad que ocupas,
y est�n acostumbradas m�s que t� a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que t� las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia a�n las suele arrastrar.
Huracanes de sue�os a�n a veces las tumban.

Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas s�plicas.
�mame, compa�era. No me abandones. S�gueme.
S�gueme, compa�era, en esa ola de angustia.

Pero se van ti�endo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas t�, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.



POEMA 15

Me gustas cuando callas porque est�s como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas est�n llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma m�a.
Mariposa de sue�o, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancol�a.

Me gustas cuando callas y est�s como distante.
Y est�s como quej�ndote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
d�jame que me calle con el silencio tuyo.

D�jame que te hable tambi�n con tu silencio
claro como una l�mpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque est�s como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.



POEMA 10

Hemos perdido aun este crep�sculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul ca�a sobre el mundo.

He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

A veces como una moneda
se encend�a un pedazo de sol entre mis manos.

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que t� me conoces.

Entonces, d�nde estabas?
Entre qu� gentes?
Diciendo qu� palabras?
Por qu� se me vendr� todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?

Cay� el libro que siempre se toma en el crep�sculo,
y como un perro herido rod� a mis pies mi capa.

Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crep�sculo corre borrando estatuas.

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