viernes, 6 de mayo de 2011

CONCEPTO E HISTORIA DE LA POESIA

Myspace Cursors @ JellyMuffin.comMyspace Layouts & cursors

COMCEPTO DE POESIA
La poesía es un género literario.provienes de la palabra griega ποίησις 'creación'  También, es encuadrable como una «modalidad textual» (esto es, como un tipo de texto). Prevalesen


POESÍA E HISTORIA


La poesía es el lenguaje de la sociedad -pasión y sensibilidad- y
por eso mismo es el verdadero lenguaje de todas
las revelaciones y revoluciones. Ese principio es social,
revolucionario; regreso al pacto del comienzo, antes de la
desigualdad; ese principio es individual y atañe a cada hombre y
cada mujer: reconquista de la inocencia original.
Octavio Paz
En el principio estuvo la palabra. En las lenguas antiguas, como el hebreo,
el principio significaba sabiduría, de modo que "con sabiduría se creó la
palabra". Ella fue el logos creante y ordenador que servía naturalmente para
hacer entrar en comunión a los miembros de la comunidad, e informar a los
tiempos venideros que en los orígenes se encontraba siempre el verbo, que
todo empezaba por la Creación, expresión de la sabiduría suma de un Dios
Creador. Así, la palabra ofrece al hombre la versión primera de la creación del
universo. América no podía escapar a este destino adánico. Un viejo anónimo
quechua invoca a Viracocha como "regidor del mundo", Señor de la fuente
sagrada:

Amanece la tierra
y se cubre de luces,
a fin de venerar
al criador del hombre.
Y el alto cielo
barre sus nubes
para humillarse
ante el creador del mundo.

Muchos siglos después, un poeta contemporáneo, Laureano Albán,1
heredero a su modo de estas antiguas cosmologías americanas, se acoge
también a la mano creadora de Dios:

Bastó que en la perfecta,
la más densa y reunida
soledad de lo inmóvil,
cruzara un espejismo
abriendo una finísima fisura
de levedad y pánico,
para que a través de ella
una mano de dios,
remotamente única,
enarbolara
ya pronto a la agonía,
ansiado azar, el mundo.



Cuando la palabra se hizo carne, el hombre se volvió un animal
comunicante. Del encuentro fecundo de los signos nació la comunión, es
decir la comunicación y el sentido de pertenencia a una comunidad. La
América antigua fue siempre rica en signos y alegorías, atesora un patrimonio
simbólico excepcional, que alcanzó cumbres de refinamiento, como lo
atestiguan las manifestaciones del arte maya, mochica, paraco e inca.

Hay algo mineral, profundamente raigal y subterráneo que atraviesa los
tiempos y aflora en diversos momentos de la historia de América. Resulta
impresionante la permanencia que se advierte entre los signos, temperamento
y sensibilidad, de la antigua América y la contemporánea. Hay un continuum
que se mantiene gracias a una fuerza vital, proteica, que sabe resistir, asimilar
o disimular frente a los asedios externos para poder sobrevivir. ¿Son estos los
rasgos distintivos de una identidad, que sabe mantenerse en el tiempo? Con su
poder, la palabra diseña un universo, crea un mundo, lo encubre y lo revela.

I

Revelación es tal vez la mejor palabra para incursionar en el mundo
simbólico de la antigua América, pues evoca algo de religioso, cósmico y
estético. En América la poesía fue la arquitectura de un mundo y su
revelación. ¿Cómo presentar América sino por la vía de la metáfora? Para los
europeos no había otro modo de iniciarse en el conocimiento de un mundo y
una humanidad distintos, laberíntico en su geografía, colorido en su flora y
fauna, generoso en sus frutos. Solo con la ayuda de la metáfora se podía
revelar lo desconocido. La poesía y el sueño pueden funcionar como armas
del conocimiento. Se trataba de un juego de imágenes: la alteridad americana
se miraba en el espejo de Europa.

La primera definición de América fue una metáfora. Así lo
muestran las cartas de Colón y Vespucio. Los antiguos griegos
dudaban si era mejor la poesía o la filosofía para dar cuenta de la
historia. Este dilema estuvo muy presente en el Renacimiento.
Como se sabe, América fue "descubierta" por Europa con los
ojos del Renacimiento, con la mirada de la tradición helénica y latina, que era
lo que Occidente había acumulado y "actualizado" como conocimiento. Juan
de Castellanos (1522-1607) escoge el verso en octavas reales para historiar la
hazaña de Cristóbal Colón. En su monumental Elegías de varones ilustres de
Indias (¡de 144 mil versos!), Castellanos anota el desconcierto
de los españoles frente a los primeros americanos encontrados en el Caribe:
Decían, viéndolos con tal arreo,
Si son sátiros estos, o silvanos,
Y ellas aquellas ninfas de Aristeo:
O son faunos lascivos y lozanos,
O las nereides, hijas de Nereo,
O driades que llaman, o nayades
De quien trataron las antigüedades.

Ya se conoce el tenaz desentendido que generó este retrato original de
Europa sobre América. Pero más que ánimo metafórico había aquí una
voluntad descriptiva, de recurrir a la ciencia conocida para revelar lo
ignorado. Lo que era histórico se volvió poético y utópico. Más allá
Castellanos habla de la hermosura y la falta de sentido de codicia en los
americanos:

Son bien proporcionados y bien hechos,
Sacados son de hombros y de cuellos,
Y más pecan de anchos que de estrechos:
¡Cuan luenga hermosura de cabellos!
¡Qué gran tabla de espaldas y de pechos!
Con todo esto surgió la leyenda del Buen Salvaje, que es en sí misma una
expresión barroca: ¿son buenos porque son salvajes?
Por las cosas inverosímiles que se narraban, fue una práctica de los
hombres del Renacimiento, especialmente en Italia, poner en verso las
historias provenientes de América durante el descubrimiento. Así ocurrió con
la primera noticia del Perú en Europa. Una carta del Gobernador de Panamá,
Pedrarias Dávila, de abril de 1525, apareció seis meses después en Italia,
traspuestos en verso, ottava rima. Allí se informa del primer viaje de Pizarro
y se alucina ya sobre las riquezas del Perú.2
Puede que para América, nacida al mundo como presentimiento y
metáfora, convenga mejor un poema como acta de nacimiento. ¿Cómo
vincular historia e intuición, tiempo y verdad, origen y disolución? Octavio
Paz, desde una visión americana propone a la poesía como "puente colgante
entre historia y verdad":

La poesía:
encarnación
del sol-sobre-las piedras en un nombre,
disolución
del nombre en un más allá de las piedras.
La poesía,
no es camino hacia esto o aquello:
es ver
la quietud en el movimiento,
el tránsito
en la quietud.
La historia es el camino:
no va a ninguna parte,
todos los caminamos,
la verdad es caminarlo.
No vamos ni venimos:
estamos en las manos del tiempo.

Decíamos que hay aquí una sensibilidad, americana, pues
para los antiguos mayas, de quienes Paz es un gran conocedor,
el tiempo no es lineal ni progresivo (como en la vulgata positivista);
"no vamos ni venimos: estamos en las manos del tiempo".
El tiempo circula. ¿Por qué otro medio se puede acceder a
esta cosmogonía sino por la poesía, que marca la filosofía del
tiempo americano?
En la magna tarea de construir la imagen de América, la literatura náhuatl,
quechua o guaraní tuvieron y tienen un notable papel. La huella de estas
lenguas se encuentra en la literatura contemporánea de Latinoamérica. No se
trata solo de palabras o formas sino de la herencia de un temperamento, de
una concepción estética (y esteticista) de la vida, de una cosmovisión hecha
palabra. Desde la primera hora de la Conquista la tierra nutricia de América
no ha renegado de ninguno de los aportes. La cultura ha actuado de modo
acumulativo, en una dinámica que ha incorporado mecanismos de
resistencia, asimilación, disimulación y creación. Lo nuevo y extraño se
integró al proceso de la creación y recreación. Lo moderno se volvió parte de
la tradición. América fue el centro, en el siglo XVI, de la más grande ofensiva
globalizadora que conoció la humanidad y pudo superarlas gracias a los
poderes de la transculturación. Todo lo que tocaba su mano se volvía
cultura/cultivo.
Un poeta náhuatl dijo de la antigua ciudad de Tenochtitlan:

Rodeada con círculos de jade perdura la ciudad,
irradiando reflejos verdes cual quetzal está México aquí.
Junto a ella es el regreso de los príncipes:

niebla rosada sobre todos se tiende,
¡Es tu casa, Autor de la Vida,
aquí imperas Tú: en Anahuac se oye tu canto
sobre todos se tiende!
De blancos sauces, de blancas espadañas
es México la mansión.
¿No hay en los poemas de José Emilio Pacheco (México, 1939), el autor
de Ciudad de la memoria, 1989, un registro, un fraseo, semejante al poeta
náhuatl para hablarnos, a contrario, sobre la "grandeza derrumbada" de una
ciudad mexicana?

De la gran ciudad maya sobreviven
arcos
desmanteladas construcciones
vencidas
por la ferocidad de la maleza
En lo alto el cielo en que se ahogaron sus dioses
Las ruinas tienen
el color de la arena
Parecen cuevas
ahondadas en montañas
que ya no existen
De tanta vida que hubo aquí
de tanta
grandeza derrumbada
solo perduran
las pasajeras flores que no cambian

II

El encuentro de lenguas produjo miles de neologismos, se
incorporaron americanismos al español, se distorsionaron expresiones
castizas y autóctonas, se superpusieron visiones del Renacimiento con
viejas leyendas americanas, abriéndose nuevos cánones estéticos. Se
produce así una revolución del idioma. El castellano se aclimata al
temperamento americano y las lenguas autóctonas son motivo de estudio
para servir de instrumento a la evangelización. No había otro modo de
hablar de América que con las palabras de América. Con este problema se
encontró Miramontes, criollo peruano, para rimar endecasílabos perfectos
en homenaje a los frutos del nuevo mundo:
despierta y satisface el apetito
la piña, el aguacate y el zapote,
el plátano, mamey, obo, caimito,
la papaya, la yuca y el camote,
el coco, la guayaba y el palmito,
la guava, la ciruela, el ají y el mote,
frutos de aquesta fértil tierra propia,
do esparció su abundancia el Cornucopia.

¿De qué otro modo se podía hablar de caimitos, zapotes y guayabas? Los
poetas novoamericanos vencieron con creces esta clase de desafíos en la
construcción poética. Fueron como acicates para ganar libertad en el oficio
poético. En su célebre Antología de poetas hispanoamericanos, don
Marcelino Menéndez y Pelayo hace pifia del poeta madrileño Eugenio
Salazar de Alarcón, que vivió en México de 1581 a 1599, por "ciertos conatos
de dar a sus paisajes color local y americano, sin rehuir los nombres
indígenas, aunque sean tan ásperos como los de Tepecingo y Tecapulco, o tan
poco divulgados como Milpa e Iczotl". Por suerte, fueron opiniones que los
poetas novoamericanos nunca tuvieron en cuenta, pues habría sido como
considerar que no se podía versar en checo, ruso o alemán...
Los peninsulares avecindados en el nuevo mundo y los españoles nacidos
en América, criollos, adquirieron pronto un sentimiento de filiación, un
orgullo americano. El licenciado Pedro de Oña (1570-1640), considerado
fundador de la literatura chilena, en su elegante Arauco domado (publicado
en Lima por Antonio Ricardo, primer editor sudamericano), efectúa el
connubio del mundo europeo y americano, de modo que su personaje
Caupolicano transita entre "pallas", las favoritas de la corte incaica, y
"náyades", las hijas de Zeus, diosas de la naturaleza. Hay entre pallas y
náyades un vínculo, una equivalencia, no una exclusión. Un nuevo cuerpo
discursivo nació de este encuentro de guayabas y cornucopias, de pallas y
náyades, configurando un nuevo lenguaje: ¿no es este el español mestizo,
barroco, universalista por necesidad, que marcó la personalidad de América?
¿No fundó este discurso una tradición en América distante del rigor
objetivista como de la fantasía pura? Estos rasgos tuvo la literatura virreynal;
hubo ruptura y continuidad, más vinculante y acumulativa que excluyente,
como lo fue el propio proceso de mestizaje. Esta capacidad incorporativa y
recreativa es un rasgo de la modernidad americana.
Es obvio que en la forma, la métrica, la organización del poema, los
novoamericanos utilizaron de preferencia el modelo italiano, que era con el
que versificaban españoles y franceses (y toda la Europa culta), pero había en
los americanos un temperamento propio, una personalidad que se perfilaba
con rasgos propios. Esta oxigenación del lenguaje, este desenfado para
componer, generó en la propia España un movimiento de renovación. Lope
de Vega (1562-1635) pone de moda en la península las palabras recién
desembarcadas, juega con ellas, las introduce en su arte poética:
Piraguamonte, piragua,
piragua, jevizarizagua;
Bío, Bío,
que mi tambo le tengo en el río.
Entre tambos, guacamayas y piraguas, Lope de Vega repite este estribillo
una veintena de veces y sus lectores encuentran gusto repetir esta suerte de
trabalenguas. En contrapunto a Lope de Vega, Andrés Bello poetiza dos
siglos después sobre el mismo río Bío Bío de un modo neoclásico:
¡Quién pudiera, Bío-Bío,
pasar la existencia entera
en un boscaje sombrío
de su encantadora ribera!
Sin complejos, América se apropia de los referentes culturales de
Occidente, se siente adscrita al mundo del Renacimiento, parte legítima
de las novedades que engendra la modernidad, convirtiéndose
con el tiempo en el espacio privilegiado del encuentro, y la síntesis de
lo nuevo nacido como cultura ecuménica. Los poetas criollos asumen el
pasado y el futuro de América. En Alonso de Ercilla (1533-1594), Bernardo
de Balbuena (1568-1627), sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) o en
Amarilis, la poeta anónima peruana (¿1621?), se advierte esta marcada
filiación americana, que es como un reconocimiento agradecido a la Madre
América. En su carta de amor a Belardo (Lope de Vega), Amarilis comienza
diciendo:

Quiero, pues, comenzar a darte cuenta
De mis padres y patria y de mi estado,
Porque sepas quién te ama y quién te escribe:
Bien que ya la memoria me atormenta,
Renovando el dolor, que aunque llorado,
Está presente y en el alma vive.
Invocar a padres-patria-estado era ya una manera de presentar una
identidad distinta a la peninsular.
De la afirmación de origen se pasó fácilmente a un sentimiento patriótico,
que llevó a la mayor parte de poetas a promover y muchas veces participar en
las luchas de independencia. El español Manuel José Quintana (1772-1857)
se pregunta si
¿No son bastante
tres siglos infelices
de amarga expiación?,
y se responde:

Yo olvidaría
el rigor de mis duros vencedores:
su atroz codicia, su inclemente saña
crimen fueron del tiempo y no de España,
con lo que absuelve de culpas a la España conquistadora.
Lo que es "crimen del tiempo" para Quintana es clamor de combate para
José Joaquín de Olmedo (1784-1847):
Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta
La hispana muchedumbre
Que más feroz que nunca amenazaba
A sangre y fuego eterna servidumbre.
Pasadas las guerras de independencia, en la que muchos poetas
combatieron con la espada y con la pluma, el continente afirma
sus señas de identidad no en una composición fracturada y
escindida sino, una vez mas, acumulativa, ecuménica, buscando
su centro en nuevos equilibrios, en una nueva armonía. Hablan
do del Blasón de América, José Santos Chocano (1867-1934) señala algo que
es todo un programa:
Mi fantasía viene de un abolengo moro:
los Andes son de plata, pero el León de oro;
y las dos castas fundo con épico fragor.

III

A la presencia árabe, ibérica y autóctona, señalada por Santos Chocano,
hay que sumar la contribución del cuarto abuelo de América: África. Una
cultura que incorporó su animismo al panteísmo indio, que introdujo su
sentido rítmico a la música armónica, solemne, de quenas y zampoñas, que
con ingenio supo combinar humildad y astucia, fuerza y ternura. Su huella en
la poesía que sirvió para completar el retrato de América fue valiosa. Los
poetas afroamericanos son los que mejor dan cuenta de la atmósfera del
Caribe. El trópico fue el gran tema de los poetas negros o negristas, como
Carlos Pellicer:
Trópico, para qué me diste
las manos de color.
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En su poética introdujeron el olor del viento, la luminosidad, la
sensualidad de la lluvia, la tortuosa selva. En el poeta esclavo Juan Francisco
Manzano (1797-1854) se encuentra el testimonio humano; en Manuel del
Cabral (1907) o en Nicolás Guillen (1902-1989), hay una voz jocunda,
irónica y rebelde; en Pales Mattos hay gracia y romanticismo.
En la actualidad la sensibilidad negra es una de las expresiones más ricas
de la literatura latinoamericana (¿quién puede negar el humor caribeño,
negro criollo, en la obra de García Márquez?). La poesía negra, como sus
creadores, se han difuminado en la literatura continental, enriqueciéndola
con esa vena de elocuencia.
Mulata que te hicieron de la noche y del día,
en el café con leche
bebo tu carne de fantasía.
Tabaco para hacerlo picadura
con el cuchillo de la dentadura:
tu talle
que le roba los ojos a la calle.
Esta visión un tanto estereotipada de Manuel del Cabral sobre la
sensualidad de la mujer negra encuentra su antípoda en el poema Hermano
negro, del poeta Regino Pedroso (que era criollo, negro y chino), que
exhorta:

Negro, hermano negro,
silencia un poco tus maracas.
Y aprende aquí
y mira allí
y escucha allí
y escucha allá...

Con caudales propios y ajenos se fundó el "pequeño género humano", a
decir de Bolívar, llamado América. Con su vocación ecuménica América
construyó un mundo, donde se unimismaron en una nueva entidad hombres,
culturas y razas diferentes. Cada uno trajo sus saudades y melancolías. La
nostalgia se volvió un territorio americano. Excelente materia prima para una buena poesía. En un espléndido poema hecho de esta
sentimentalidad, Jorge Luis Borges (1899-1986) dice:
Una amistad hicieron mis abuelos
con esta lejanía
y conquistaron la intimidad de los campos
y ligaron a su baquía
la tierra, el fuego, el aire, el agua.
Emoción y materia se encuentran aquí convocados por la mano maestra de
Borges. Vicente Gerbasi (1913), pregunta con aplomo a su padre, "el
inmigrante":

¿Qué fuego de tiniebla, qué círculo de trueno,
cayó sobre su frente cuando viste esta tierra?
Viajeros, buscavidas, emigrados, exiliados, transterrados, forman parte de la
comunidad americana.
Por ese papel privilegiado para sentir el nuevo mundo, la poesía tuvo y
tiene una función reveladora en América. Son países con una cultura a flor de
piel. De constructores de ciudades ciclópeas como Teotihuacán y Machu
Picchu, los americanos hemos pasado a cultivar hoy un arte al alcance de la
mano: la escritura. Refugio de la imaginación y signo de modernidad. En este
campo ha ganado excelencia, reconocimiento mundial y premios Nobel. Por
ahora, América es una potencia literaria y cultural, y eso requiere una
interpretación: ¿América vive en la Edad Literaria? ¿Se trata de un fatalismo
esteticista? ¿Necesitamos menos belleza, Padre/y más sabiduría, como pedía
el poeta peruano Juan Gonzalo Rose?
¿Por qué la literatura tiene mayor capacidad reveladora que las ciencias
sociales? ¿No será porque la literatura se esfuerza por ser creativa y autónoma
mientras que las ciencias sociales mayormente "importan" sus conceptos y
métodos de análisis, jugando a veces un papel de encubridores de la realidad?
Como no he encontrado en la ciencia una definición satisfactoria de
identidad, por ahora me acogeré a la definición poética de Claribel Alegría
(Nicaragua, 1924), que encuentro bellamente formulado, como receta de un
tamalito (¿Alegoría sobre los "hombres del maíz"?), e históricamente
plausible:

Dos libras de masas de mestizo
media libra de lomo gachupín
cocido y bien picado
una cajita de pasas beata
dos cucharadas de leche de Malinche
un sofrito con cascos de conquistadores
tres cebollas jesuítas
una bolsita de oro multinacional
dos dientes de dragón
una zanahoria presidencial
dos cucharadas de alcahuetes
manteca de indios de Panchimalco
dos tomates ministeriales
media taza de azúcar televisora
dos gotas de lava del volcán
siete hojas de pito
(no seas mal pensado es somnífero)
lo pones todo a cocer
a fuego lento
por quinientos años
y verás qué sabor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario