lunes, 10 de septiembre de 2012
La vida exagerada de Bryce
El autor de ''Un mundo para Julius'', quien recibirá
el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2012,
revela su ''cuaderno azul de navegación'' en la narración
------------------------------------------------------------
Cuando era niño, Alfredo Bryce Echenique se hizo amigo de
arreglar
la vida cuando no le convencía. Su padre era un hombre estricto
con
su familia, tímido ante los demás y respetuoso de las leyes de
tráfico,
que al conducir por las calles grises de Lima, Perú, detenía su
automóvil antes de que el semáforo se pusiera en rojo. Una
persona
como él estaba lejos de ser el héroe de un niño.
El pequeño Alfredo se daba cuenta de esto y frente a sus
amigos del colegio se dedicaba a contar la historia de su
padre como debería haber sido. Sedientos de ficción, sus
amigos escuchaban que el hombre del carro potente era el
campeón de automovilismo, su padre. Ese sí era su héroe.
Y los niños reían fascinados con esa mentira, sabiendo que
no era cierto pero reían, reían porque la verdad era aburrida
y la mentira no.
Ya con más años encima, Alfredo Bryce Echenique escapó
de casa en un barco de carga rumbo a Francia por la oposición
que había en su familia cuando el peruano decidió ser escritor.
El primer año fue bohemio y loco. Se llenó de amigos
interesados en la literatura y otros que le eran esquivos.
Se cuestionó si ese mundo preñado de seres interesantes y
vitales le serviría para cumplir su propósito. Se fue del
país. Pasó por Grecia. Escribió un libro de cuentos que
después le robaron.
Cuando vivía en Montpellier, Francia, y trabajaba en la
universidad de ese lugar, sus amigos zalameros le decían
que su escritura era idéntica a su forma de hablar: “Tú
escribes igual que hablas”, pero un día el escritor se
fracturó el brazo en un accidente automovilístico y se
dijo con confianza: “No hay problema, en vez de escribir
compro una grabadora y grabo en casette lo que quiero decir”.
Se grabó con entusiasmo, quizás recordando las embriagantes
historias de su infancia. Cuando se escuchó se dio cuenta de
que su voz urdía una historia mala y aburrida, contada por
lo que parecía un cura gordo y jesuita.
CONVERSACIONES CON BRYCE
—Con el Premio FIL Lenguas Romances 2012 usted se echa al
bolsillo 150 mil dólares, pero más allá de eso se ganará
un número significativo de lectores, ¿qué hará con eso?
—Seguir uno igual a lo que es. Seguir escribiendo. El lector
es el que decide más que el autor, si sigue leyendo a este
autor o no, o si prefiere otro. Es absolutamente impredecible.
Hay tantos lectores como países y escritores hay. Quiero
decir que, por ejemplo, en un país una novela mía ha sido
muy famosa mientras que en otro país no lo ha sido. Es muy
relativo esto y nada puede definir ese alcance al que puede
llegar o no un autor.
—Algunos de sus detractores, ahora que se ha conocido el
fallo del jurado del Premio FIL Lenguas Romances 2012,
lo minimizan frente a otros galardonados como Julio Ramón
Ribeyro, Antonio Lobo Antunes, Monsiváis… ¿qué les dice a ellos?
—Bueno, Julio Ramón Ribeyro fue el mejor amigo que tuve en mi
vida. Estuve yo en Guadalajara en el año 94 cuando él estaba
impedido porque se hallaba al borde de la muerte y yo recogí
el premio por él. A Monsiváis lo conocí, lo he leído mucho y
Lobo Antunes también, son grandes escritores, muy distintos unos
de otros, pero esta es la prueba de que la diversidad no quita
el interés por los autores.
—¿Y no tiene ningún comentario para los que minimizan
la decisión del jurado?
—Yo no soy miembro del jurado y no sé qué piense el jurado.
Sólo puedo dar las gracias. No me siento mejor que nadie.
Tampoco me siento peor que nadie. Yo hago lo que puedo
simplemente y tengo público lector. Tengo muchas traducciones
en muchos países…
—¿Tiene usted trucos, manías a la hora de escribir? ¿Cuáles son?
—No, no tengo trucos, ninguno. No tengo más que una manía,
simplemente la de escribir en las tardes, después del almuerzo,
digamos a las tres de la tarde. Me siento yo muy
disciplinadamente siempre cuando estoy escribiendo un libro y trabajo.
—¿Cómo ve usted el momento de la literatura latinoamericana
actualmente?
—Bueno, yo creo que la literatura latinoamericana, desde sus
grandes fundadores como Lugones o Borges o Asturias o Carpentier,
ha sido una literatura variada, distinta, que da razón —como en
el caso de genios mexicanos como Juan Rulfo— de las inmensas
posibilidades del ser humano en su diferenciación y de su alma,
sobre todo de su alma.
—¿Para usted el éxito es estímulo esencial de su vocación
literaria?
—En absoluto. No puede serlo porque nadie escribe para buscar el
éxito. Nadie. Yo recuerdo cuando en París a todos los escritores
famosos del boom que estaban de moda les llegaban muchos jóvenes
latinoamericanos y decían: ‘Yo quiero escribir como Carpentier.
Yo quiero escribir como Vargas Llosa. Yo quiero escribir como Carlos
Fuentes’, y uno los esperaba con la pregunta: ‘¿Y qué de ti va a
haber en la novela? Quieres escribir como otros. Jamás lo vas a
lograr. No eres un escritor.’
—Su prosa habla de lo que fue usted, de su vida.
—Sí, pero lo hace de una forma muy personal porque es la oralidad
la que triunfa, la misma oralidad con que yo contaba mentiras cuando
era niño. Lo que hay en mi obra es una gran emotividad, (si) la
obra no me funciona mientras escribo, yo creo que no vale la pena.
Y además hay que tener una enorme improvisación, porque yo, de un
día para otro, cierro la computadora y me voy al cinema o a descansar
o a leer o a oír música y al día siguiente vuelvo y no sé por dónde
anda mi historia siquiera. Tengo que retomarla y ya después ver si hay
asuntos que cambian demasiado, y pues corregirlos. Una parte muy
importante de la obra literaria es inventar tu voz, inventar tu manera
de escribir, como si fuera la única que hay entre todas las posibles.
—¿Cuál es el personaje que más trabajo le ha costado urdir?
—Probablemente el de Manongo Sterne, de "No me esperen en abril",
porque es una novela muy ambiciosa que te quiere hablar de los dos
opuestos totales: la bondad de este hombre que no olvida jamás a
sus amigos ni a su gran amor y, por otro lado, es un verdadero loco
de las finanzas y del dinero y del poder. Hay dos seres: el tierno,
el débil, el superlíder para los amigos; y el otro: el tiburón que
devora a sus víctimas en la loca carrera por el dinero.
ENTRE LETRAS
Breve bibliografía
- 1970. Un mundo para Julius
- 1977. Tantas Veces Pedro
- 1981. La vida exagerada de Martín Romaña
- 1988. La última mudanza de Felipe Carrillo
- 1995. No me esperen en abril
- 1997. Reo de nocturnidad
- 2002. El huerto de mi amada
- 2012. Dándole pena a la tristeza
Nota Por: Gonzalo Jáuregui www.informador.com.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario